jueves, 23 de febrero de 2017

Algo pasa con Jennifer

En un estudio realizado en 2012 se pidió a 127 miembros de facultades de física, química y biología de Estados Unidos que evaluaran el currículum de un estudiante para una plaza de jefe de laboratorio. Se dividió a los voluntarios en dos grupos y a todos se les distribuyó exactamente la misma solicitud, diferenciándose sólo en que el nombre del solicitante era distinto para cada grupo. Sorprendentemente, el currículum presentado bajo uno de los nombres fue valorado como más competente para el puesto. No sólo eso, se le ofrecía más apoyo y recursos y el sueldo medio que los evaluadores estaban dispuestos a ofrecerle era un 12% superior. Quizás la sorpresa no sea tal si revelamos que el currículum peor valorado se presentaba bajo el nombre de “Jennifer”, mientras que el considerado más apto tenía la firma de “John”. Este sesgo se daba tanto en los evaluadores mujeres como hombres.

En los últimos años el porcentaje de mujeres en España matriculadas en la carrera de física se ha mantenido alrededor del 30%, y sobre un 25% en carreras técnicas. Estas desigualdades se incrementan a medida que ascendemos en el escalafón académico, y además se extienden a todas las áreas de conocimiento: aproximadamente un 20% de las cátedras de las universidades españolas están ocupadas por mujeres, hay poco más de un 30% de investigadoras en el CSIC, y sólo un 25% de los investigadores principales de proyectos públicos son mujeres. Es el famoso “techo de cristal” que, por cierto, se puede cuantificar. En astrofísica, según el último informe de la Sociedad Española de Astronomía, aunque un 39% de las tesis leídas en España son escritas por mujeres, sólo representan un 24% del personal investigador estable. A nivel internacional, sólo un 17% de los miembros individuales de la Unión Astronómica Internacional son mujeres. De los premios, mejor ni hablamos.

Personal investigador en el CSIC en las distintas etapas de la carrera científica, 
con la característica forma de tijera. El porcentaje de mujeres en la escala superior 
(Profesor Investigador) es sólo del 25%. Fuente: Informe Mujeres Investigadoras CSIC 2016.

¿Por qué las mujeres seguimos siendo rara avis en ciertas áreas y niveles de la carrera científica? En los tiempos de astrónomas como Maria Mitchell, Henrietta Leavitt, o incluso la recientemente fallecida Vera Rubin, la respuesta era obvia. Pero como mujer del siglo XXI, en mi (aún breve) trayectoria profesional no puedo decir que haya sentido ninguna discriminación explícita (aunque, tristemente, tampoco la ciencia está libre de la lacra del acoso y los abusos de poder machistas), y creo que la mayoría de mis compañeras dirían lo mismo. El tema es complicado, y por eso este post es anormalmente largo (sorry). El experimento “John-Jennifer” nos da algunas pistas. Probablemente la mayoría de evaluadores no eran conscientes de su sesgo a la hora de evaluar a Jennifer. Y es que nuestros enemigos invisibles (y por tanto, más difíciles de combatir) siguen siendo esos estereotipos de género que nos comienzan a imponer cuando aún estamos en el horno y nuestros papás ya están ansiosos por saber si seremos nena o nene. Seguimos sin querer creernos que la naturaleza no reparte aptitudes, gustos ni tareas en función de nuestros genitales (a pesar de estar estos bastante alejados del cerebro). Como afirmaba la propia Vera Rubin: “la igualdad es tan elusiva como la materia oscura”. Sabemos que debería estar ahí y, sin embargo, continuamos sin verla. 


Uno de los clásicos con que nos encontramos cuando se habla de científicas son las referencias a su aspecto físico y su vida personal. A menudo estas últimas aluden a aquello a lo que han “renunciado” para llegar donde están, incluyendo conceptos como “maternidad”, “estabilidad” o “vida familiar”. Lo cierto es que la vida del investigador, propulsada por el discutible leitmotiv “publica o muere”, deja poco lugar a ser “otra cosa”, consista esta en ser madre, padre o músico de jazz, y esto ocurre sobre todo en las primeras etapas de la carrera investigadora, cuando la precariedad es una sombra constante sobre ti. Son pocas las mujeres que en esas condiciones pueden permitirse ser madres (y después, quizás ya sea tarde), y es que es innegable que durante al menos un año un bebé es una extensión de su progenitora. Lamentablemente, las instituciones y empresas continúan poniéndoles muy difíciles las cosas a esas mujeres y, para colmo, la corresponsabilidad en el ámbito doméstico sigue lejos de ser real. ¿Pero por qué acarreamos eternamente estos “defectos sociales”? Probablemente, el meollo está en que el concepto de “éxito” en nosotras sigue muy vinculado a la maternidad o la vida familiar y social, lo cual en sí mismo no es malo (yo diría que es sano), si no fuera porque es una concepción que no se extiende al otro sexo. Las consecuencias son que por un lado los conflictos asociados a la conciliación no terminan de abordarse eficazmente como los problemas familiares y sociales que son, sino que se miran de reojo como “problemas de mujeres”; y por otro, las expectativas de éxito profesional que se tienen sobre nosotras son mucho más bajas, aunque nuestras ambiciones sean en realidad similares a las de ellos. Aunque no hay fórmulas mágicas, quizás el verdadero cambio pase por entender que la igualdad funciona en ambos sentidos, lo que implica tanto alentar la ambición profesional de ellas, como fomentar en ellos una visión del éxito social que incluya sus facetas de padres, compañeros y cuidadores. Tal vez sea una idealista, pero sospecho que ese utópico equilibrio sería un alivio para todos. En fin. La realidad es que a día de hoy, siendo mujer, es fácil interiorizar un discurso de la “renuncia” que, implícitamente, contiene el mensaje de que por naturaleza tus aspiraciones no pertenecen a la carrera científica.

Estos estereotipos sobre lo “esperable” en una mujer no sólo orientan de manera a las niñas y jóvenes hacia áreas donde creen que lo tendrán “más fácil” o donde se las valorará mejor, sino que condicionan la propia visión que tienen de sus capacidades. Estamos cansados (cansadas) de escuchar que los niños son mejores en matemáticas o geometría. ¿Pero es esto cierto, o son en realidad mensajes como ese los que determinan las cualidades que se alientan en niños y niñas? En un estudio realizado en Francia en 2009 a niños y niñas de entre 11 y 13 años, en que se les pidió copiar de memoria un dibujo geométrico, las niñas puntuaban mucho peor en la prueba si se les decía que esta era de “geometría” que si se les decía que era de “dibujo”. En general a las mujeres no sólo nos consideran, sino que también nosotras mismas nos consideramos menos capacitadas en ciencia y matemáticas, porque de alguna manera nos han convencido de ello. Otro ejemplo son los numerosos estudios que se han hecho sobre la mayor incidencia del “síndrome del impostor” en mujeres, especialmente en ciencia. Un estudio publicado en Science afirmaba que carreras en las que tradicionalmente se considera necesario tener una “mente privilegiada”, como matemáticas, física o filosofía, son menos propensas a ser elegidas por mujeres. Aquí hay dos concepciones a eliminar: una, que es menos probable que una mujer sea por naturaleza brillante en estos campos; otra, que el éxito (y aun habría que definir esta palabra) en ellos depende sobre todo de la capacidad intelectual innata, más que del esfuerzo y la constancia.

En muchas disciplinas como la paleoantropología, la sociología, la biología evolutiva o incluso la medicina, ha sido muy obvio que el androcentrismo dominante ha generado perspectivas falseadas que sólo han empezado a corregirse a medida que más mujeres han realizado investigaciones en esos campos. Invisibilizar o infravalorar el talento y el trabajo de la mitad de la población no sólo va en detrimento del avance del conocimiento, también genera una falta de referentes que frena las vocaciones de niñas en esos campos, con lo que el fenómeno se retroalimenta. Aunque últimamente en el cine y la televisión se está dando protagonismo a algunos personajes femeninos, sigue habiendo entre la población un vacío cultural de científicas con nombre propio.

¿Siguen la ciencia y la tecnología siendo cosas de chicos? Por supuesto que no. Pero por desgracia en el imaginario colectivo sí, y es un estereotipo que no sólo perjudica a las profesionales que tienen que enfrentar barreras añadidas a la ya de por sí maratoniana carrera investigadora, sino también a las niñas que aún están forjándose una vocación y cuyo talento puede quedar oculto si no se reconocen objetivamente sus capacidades. El pasado 11 de febrero fue el Día Internacional de la Mujer y la Niña en Ciencia. En el Instituto de Astrofísica de Canarias lo celebramos saliendo a la calle, en una jornada en que el objetivo era visibilizar a las astrónomas e ingenieras que trabajan en este centro. Una de mis compañeras me contaba que, explicando a un grupo de niños y niñas cómo identificar elementos químicos por sus líneas espectrales con una lámpara, los niños rápidamente gritaron “¡es de argón!”. Las niñas, un poco escépticas ante la arrolladora seguridad de sus compañeros, estudiaron con cuidado los dibujos de los espectros y, como dudando de sí mismas, dijeron: “pues parece neón...”. Ellas tenían razón, y es que, citando la escritora Fleur Jaeggy: “el saber no sabe”. De lo que no podemos dejar que sigan dudando es que ellas,también y más que nunca, pueden ser científicas.

Algunas de las trabajadoras del Instituto de Astrofísica de Canarias
participantes en el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Crédito: Elena Mora (IAC)


Para saber más: